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¿Qué duda cabe suponer que el arsenal encontrado hasta ahora en el Rodeo I y II también se encuentra en otros centros penitenciarios, ante la mirada impávida del gobierno? Habría que ser muy ingenuo para imaginarse una situación distinta en las demás cárceles venezolanas. Todas, absolutamente todas, representan un polvorín a punto de estallar. Es verdad que la deplorable situación carcelaria es de vieja data, pero en la actualidad, el testigo lo tiene el gobierno de turno que lleva ya doce años sin hacer mucho, por no decir nada, para que, de manera significativa, cambie el apocalipsis que viven los privados de libertad.




Me encuentro entre los venezolanos que deseábamos intervenciones en los medios (tanto públicos como privados) más inteligentes frente al tema, o quizás, más sentidas ante el dolor humano de los familiares. Algunos dirigentes de oposición actuaron como hienas en medio del sufrimiento, procurando mantenerse en la palestra pública aun a riesgo del ridículo. La actuación de los voceros oficiales fue más infeliz, ocultando o minimizando los hechos, buscando culpables donde no las hay. Dos tragedias en una: la terrible muerte de 22 personas y el espantoso espectáculo al que nos tienen acostumbrados los políticos del país. Me refiero a la dinámica polarizadora que hace de la discusión social, un debate sesgado, parcial y por lo tanto pobre. Lo que no significa, denigrar la actividad política, ni mucho menos a los dirigentes políticos, sea cual sea su orientación ideológica. Por el contrario, es la necesidad que tenemos como país de avanzar sobre los temas más urgentes, fuera de la trampa maniquea de la que se benefician los más extremistas, y por tanto, los menos aptos.

¿Cómo llegan las armas y las drogas a un penal? ¿Quién es el responsable en el país de la fabricación de armamentos, municiones, explosivos y otros materiales bélicos? No hace falta recurrir a un análisis deductivo en profundidad para saber que hay un mercado negro de armas importante, generado desde las propias instituciones del estado encargadas de la seguridad en el territorio nacional. La compañía anónima venezolana de industrias militares (CAVIM) debe ser auditada, intervenida, por la asamblea nacional. Del mismo modo, la Ley de Desarme debe ser revisada con exhaustividad, a fin de impedir el porte lícito de armas, sin importar el tipo de profesión o cargo público que se ejerza. El tema del desarme y del mercado negro va de la mano en un país donde mueren decenas de personas semanalmente a plomo limpio. No sólo las cárceles están atestadas de armas, también los barrios están abarrotados de armas. En cualquier barrio, un ciudadano común puede comprar tanto armas nuevas como usadas, y hasta balas de cualquier calibre. El mercado negro de armas, noticia pública, tiene como principal socio las distintas policías del país y la propia Guardia Nacional. Pero la verdad es que el gobierno ha hecho muy poco para atacar esta terrible realidad. No se han emprendido acciones para enfrentar el alto índice delictivo en el país. La criminalidad se señorea campante y radiante en la sociedad venezolana.


¿Pueden ser las cárceles el retrato de un país? Indudablemente. Escuchar en los reos el alto nivel de violencia nos debe llamar poderosamente la atención como sociedad. Es esa la misma violencia con la que asesinan a miles de ciudadanos los hoy privados de libertad (desde luego, habrá otros por cargos distintos, incluso inocentes). Salta entonces la pregunta, por todos conocida, ¿dónde quedan los derechos humanos de las víctimas? ¿Acaso éstos no tienen también familiares que los llore y los proteste? ¿No son suficientes el número de muertos registrados semanalmente para el gobierno se avoque con la misma diligencia? Hoy en Venezuela no se garantiza la vida, por ello encuentro el tema de los derechos humanos hipócrita.

La descomposición social en el país se ha propagado como una peste que inunda la vida de los venezolanos. Como en la novela de Saramago, en su Ensayo sobre la ceguera, nos hemos quedado todos ciegos ante la propia vida que llevamos, sólo aspiremos a que, como en la obra literaria, esta peste, esta indignación, este envilecimiento de vida sea sólo temporal.

Por Franklin Piccone Sanabria

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