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Hace cientos de años que en la humanidad se desarrolla una lucha por el control de la comunicación social. Diferentes actores compiten en distintos momentos y usando diversos medios por emitir discursos y ojalá a gran escala, para que sus planteamientos sean escuchados y atendidos por la mayor cantidad posible de personas.




Poseer la capacidad de poner en circulación de manera masiva la palabra es un recurso por el cual se lucha y un ámbito al cual se ha trasladado de manera cada vez más notoria la pugna política que diversos actores protagonizan.

Por cientos de años fue la Iglesia quien poseyó el monopolio de la comunicación social en Occidente. En ese sentido, la comunicación masiva no es sólo un fenómeno moderno. Durante la Edad Media la Iglesia ejerció un control estricto y centralizado sobre la producción y circulación de todo tipo de contenido simbólico. Como bien lo señala James Curran (Media and Power), para comprender el sorprendente ascenso del Papado como nuevo centro de poder en Occidente hay que considerar también su influencia sobre los “procesos institucionales de producción ideológica que crearon una base para su ejercicio del poder”. En ese contexto la Iglesia establece canales de comunicación jerarquizados y muy eficientes en diversos ámbitos: los monasterios controlaban la producción de libros, se establece el latín como lengua oficial y de la misa, se domina la transmisión de conocimiento mediante la educación formal y para la masificación y circulación de los discursos menos formales se cuenta con el púlpito y la misa. Estas dos tribunas actúan como verdaderos medios de comunicación desde los cuales se predica y proclaman puntos de vista a una audiencia masiva que concurre regularmente a dicho lugar de encuentro comunicacional.

Pero con el paso del tiempo las estructuras de poder también cambian y sufren alteraciones. La producción de libros comenzó a pasar desde los monasterios a las universidades, el latín fue reemplazado por el francés y luego el inglés, a la educación religiosa le salió al camino la laica.


Y a la red de comunicación que la Iglesia por cientos de años había construido eficazmente, le salen al camino los modernos medios de comunicación. En ese entonces la actividad de los medios es una actividad disruptiva, anti-establishment, reformadora. Son, de hecho, mirados con desdén y hasta cierto desprecio por los grupos de poder (la aristocracia, la elite ilustrada y la propia Iglesia, por ejemplo). No obstante, con el aumento de las cifras de tiraje de los periódicos a fines del siglo 19 y principios del 20, la percepción cambia radicalmente y el sistema político no sólo comienza a preocuparse e interesarse por los medios, también los quiere controlar y –ojalá- poseer.

Hay avidez en los pueblos por la lectura de la prensa, en 1920 en Inglaterra la prensa dominical lograba un tiraje de ¡13.5 millones de ejemplares! Surgen los “barones de la prensa”, la prensa burguesa y también la prensa obrera. En el caso de Chile, Luis Emilio Recabarren –fundador de múltiples de periódicos- es el padre de esta prensa militante, la tarea de la prensa con el trabajador era, en sus propias palabras, “ser un libro en el cual encuentre la savia vivificante para fortalecer el espíritu, cuando abatido por las luchas de la vida, se siente adormecer”.

Durante buena parte del siglo 20 podemos apreciar la existencia interesante de una diversidad y pluralidad de medios (y por lo tanto de discursos) en diferentes partes del mundo. En Chile, hasta el golpe de 1973 el campo mediático se mostraba tan diverso como su sociedad: El Clarín, El Mercurio, Punto Final, El Siglo, La Tercera, Tribuna …para todos los gustos.

Pero luego, si no fueron los golpes de estado como ocurrió en Sudamérica, en el resto del mundo el capitalismo de finales del siglo 20, en su etapa monopólica, se las arregló para poner fin a esa pluralidad de voces a través de la concentración de la industria medial. Es decir, cuando no fueron las armas fue el dinero el que resolvió la cuestión molesta de la diversidad de discursos y puntos de vista que los medios ponían en circulación y con lo cual se diversificaba la comunicación social y pública.

Y esa situación de clausura discursiva continuó en la etapa post-dictaduras. Podemos constatar que para los países que se liberaron de dictaduras militares en América Latina (en los ‘80), como los que en Europa del Este se liberaron de las autocracias socialistas (también en los ‘80), la “democracia” trajo consigo la concentración de medios, fundamentalmente en forma de oligopolios. Paralelamente surge en gran parte de Europa lo que Dragomir llama “un pequeño grupo de Goliats de los medios”, ello a pesar de la existencia de legislaciones antimonopólicas las que demuestran ser inoperantes.

Presenciamos así nuevamente un escenario histórico en el que las estructuras de poder logran controlar y monopolizar la comunicación social, y con ello la circulación masiva y pública de los discursos. Y los medios, como canales masivos de comunicación, disruptivos y con alto potencial crítico, se incorporan al sistema, al statu quo.

Pero como Foucault enseña, donde opera el poder, opera la resistencia. Y hoy vemos que no obstante los procedimientos de monopolización y de clausuras discursivas que se efectúan a través de los medios de comunicación tradicionales, que a pesar de que los grupos de poder se tomaron la palabra, surgen las resistencias populares por abrir canales de comunicación que logren evadir eso y que se opongan a dicho control centralizado. Ya sea en España, en Egipto, México o en Chile, actualmente las redes sociales están cumpliendo con ese papel disruptivo.

No son, por supuesto, la explicación del malestar ni lo que hace posible las condiciones objetivas de la inconformidad, pero sí el síntoma que permite canalizar y coordinar las expresiones subjetivas de dicho malestar. Así han pasado de ser sitios que permiten articular comunidades en torno al ocio, la entretención e información, a sitios que también permiten articular descontento en una sociedad que fue intencionadamente atomizada y agujerear el muro del silencio que el ruido despolitizado de los medios tradicionales ha estado levantando.

Por Pedro Santander Molina

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